El pájaro que lleva los recados que nunca mandaste.
En la oficina de telégrafos de este pueblo había un pájaro que se metía por la ventana a robar migajas de pan y, de paso, se llevaba en el pico los papelitos que la gente arrugaba y tiraba al cesto: los recados que se arrepintieron de mandar.
Nadie sabía cómo se llamaba, así que el telegrafista lo anotó en la libreta de personal. Iba a escribir Pajarito. Pero justo entonces el pájaro le brincó en la mano.
Y así se quedó. Nunca corrigió el papel: dijo que un nombre mal escrito es más difícil de rastrear, y que para un cartero clandestino eso es una virtud.
Escríbelo como si lo fueras a mandar. Luego suéltalo. El pájaro no lo entrega —nunca ha entregado nada—, pero se lo lleva, que a veces es lo único que uno necesita.
Aquí aparece la constancia cuando el pájaro despegue con tu recado.
Es lo único que se te queda en la mano.
Los recados que ya volaron se quedan en el cable, esperando quién sabe qué. Pícale a un pájaro para leer lo que trae.